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jueves, 21 de abril de 2011


COMO NO ANDAR EN BICICLETA EN ALEMANIA

Pablo Ardouin


Mi mayor anhelo cuando niño era tener una bicicleta. No como un medio de transporte como lo ven los alemanes, los holandeses los daneses y los chinos, si no más bien como un juguete. Yo aprendí que la bicicleta no era un juguete sólo al llegar a Alemania. También aprendí que había que respetar con ella a los peatones, los pasos de cebra, y los caminos y senderos -que en muchos lugares y ciudades alemanas están especialmente demarcados para ello. Que había que hacerle el quite a los perros, a las palomas, a las ardillas, los gatos, a los autos y la caca del perro. Es que prácticamente aprendí a andar en bicicleta en en forma civilizada en Alemania. Tampoco pude tener jamás una bicicleta porque mi papá trabajaba en la Compañía de Acero del Pacífico, y en cada Navidad, esta empresa ofrecía a sus empleados a precio de huevo… sólo patines. Así que fui un patinador experimentado en bajadas a toda raja por las recién pavimentadas calles de mi barrio La Higueras, entre Concepción y Talcahuano. Practicaba vueltas de carnero, rechinadas con giradas a lo trompo, en una pata, en dos y a veces, en ninguna. Claro que estas últimas eran más bien des-intencionadas, producto de las frenadas, donde me quedaba por un par de segundos suspendido con las patas  desparramadas en el aire y terminaba de culo contra el pavimento, haciendo añicos los pantalones. Dolía la puta madre, sobre todo en la billetera de mis padres. Eran patines
con ruedas de acero y un juego. No estas cosas como bólidos supersónicos de ahora, los que le dicen, ni una moda.

En Alemania aprendí que no se debe andar en bicicleta con más de dos cervezas en el cuerpo, de la siguiente manera: Año 1983, ciudad de Kiel. Después de beberme dos Shop con unos amigos y terminada mi actuación en uno de los escenarios de la Kielerwoche, pasadas las doce de la noche, me monté en mi bicicleta contraviniendo todas las normas de un
ciclista en Alemania: sin luz, sin frenos, cargando una guitarra al hombro y con los cinco sentidos en franca indisposición. Una calle larga de adoquines, en bajada, en contra del tránsito. Un coche Mercedes Benz en sentido contrario, con las luces altas. Pierdo la vista, luego el control y por fin el equilibrio. El coche pasa como un bólido por mi lado izquierdo, al hacerle el quite, me voy demasiado hacia la derecha, le hago un tremendo rayón con el manubrio a la puerta de un BMW azul estacionado y me voy de bruces contra el suelo. Salta lejos la guitarra y la bicicleta, me quedo tendido con una cicatriz en la pantorrilla derecha. Observo que viene una pareja de viejitos alemanes por la vereda, les digo que llamen una ambulancia, desde una cabina telefónica que está a un par de metros. A los pocos minutos llega un furgón de la policía con su ulular de sirena y se bajan dos uniformados. Los viejitos alemanes cumplieron bien con su rol, anteponiendo el resguardo del orden al de la salud: llamaron a la policía y no una ambulancia. Me introducen en el furgón, me piden los documentos, me llevan a la comisaría. Llaman a un médico para que me haga un examen de alcoholemia, no de mi pierna. El galeno me hace caminar por una línea blanca de ida y vuelta. Debo tocarme la nariz con el índice de mis dos manos al unísono. Debo también hacer el cuatro y soplar por un tubo hacia una bolsa plástica. Resultado: los exámenes físicos fueron exitosos. Me dicen que me vaya tranquilo a casa y que si yo me arreglaba por las buenas con el dueño del auto, esto quedaría en nada. Me dan el teléfono del tipo del BMW. Al próximo
día lo llamo, me invita a su casa, me recibe amablemente con una taza de café y me propone pagarle 100 marcos, lo cual acepto gustoso. Pasados seis meses, cuando yo ya radicaba en
Frankfurt, me llega una orden penal de la Corte de Justicia de Kiel, con un resultado de alcoholemia de 1,40 o/oo y una multa de de 610.10 DM. La policía efectuó un proceso en mi ausencia, demostrando un accionar legal pero desleal e incorrecto. El dueño del BMW me demostró, que los alemanes también son buena onda y bondadosos, cuando se lo proponen y se les respeta. Los viejitos alemanes sólo cumplieron con lo que consideran su deber, velar por el orden, respetar a rajatabla su rol de servidores del estado y la policía. La noche de Kiel me reveló que no es lo mismo, ni del mismo volumen, ni del mismo grado alcohólico, beberse dos
Schoppen en la „Fuente alemana“ de mi ciudad, Concepción, que bebérselos en una fiesta en Alemania. Que no es lo mismo sacarse la cresta andando en patines a la edad de 15 años, en
un país tercermundista de los años sesenta, que sacársela ya casi cuarentón en bicicleta, en contra de un Mercedes Benz, en el centro de una ciudad moderna alemana. 

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